jueves 19 de enero de 2012

EL MUNDO DE LOS DESEOS. REFLEXIÓN FINAL

A lo largo de nuestras vidas, todos tenemos deseos. Siempre que pedimos un deseo damos por sentado que, cuando éste se cumpla, nos hará felices, afortunados, seremos más ricos, más valientes, más.... Pero hay que tener cuidado con los deseos ya que, tal vez, no nos den la ansiada felicidad.
¿Y qué ocurre cuando nos damos cuenta de que lo que hemos conseguido no se ajusta a nuestras expectativas? ¿Se pueden devolver los resultados de lo deseado, o nos los tenemos que quedar para toda la vida? ¿Por qué en los cuentos de lámparas mágicas y genios se malgastan tantos deseos? ¿Qué tenemos que hacer para que se cumplan? ¿Y para que no nos decepcionen?

¿CÓMO FUNCIONAN LOS DESEOS?

Sueños y deseos
Aunque muchas veces utilizamos sueño y deseo como sinónimos, existen diferencias entre ambos.
El punto de partida de sueño y deseo es el mismo: nuestra mente. Sin embargo, la vida del sueño se queda ahí, en la mente. El sueño, por definición, está desligado de la realidad, carece de un fundamento que lo haga realizable. Por este motivo, el sueño nos produce placer simplemente con volar libre por nuestra imaginación. El sueño no implica acción ni compromiso personal.
Pero un sueño se puede tornar deseo. Puede ser que un día el sueño no nos haga disfrutar desde la mente. Esto se suele dar cuando hay elementos en nuestra realidad que lo dundamentan, que lo hacen realizable. El diccionario define deseo como "movimiento de la voluntad hacia el conocimiento, la posesión o el disfrute de algo". Por lo tanto, el deseo implica accion y felicidad. El deseo es cambio.

El origen de los deseos
Muchas veces nuestros deseos pueden parecernos irracionales, imposibles e incluso algo ridículos. Pero son nuestros y, por lo tanto, nuestro propio bagaje como personas está influyendo en su aparición. Es decir, existe un lugar de origen del deseo en nuestro cerebro.

Lo que origina nuestros deseos está ligado con elementos de nuestro subconsciente. Por ello, pueden parecernos irracionales. A menudo, esto puede llevarnos a rechazarlos. (...) Y también puede llevarnos a disfrazarlos. ¿Cómo? Escondiendo el deseo aparentemente irracional detrás de otro deseo que nos parece más lógico.

(...) El cerebro puede poner a prueba nuestra sinceridad con nosotros mismos. Porque el hecho es que nuestro bagaje y nuestro subconsciente van a condicionar la formulación de nuestro deseo.

El deseo: individual e intransferible
Cada deseo es individual e intransferible, como lo puede ser una huella digital. Y si no asumimos que el deseo procede del interior de nuestro ser, al intentar hacerlo realidad podemos caer en actitudes que lo pongan en riesgo.

Una de estas actitudes es la de incluir a la gente de nuestro alrededor en nuestros deseos. Aunque coincidamos en el camino, (...) cada uno tiene su propio bagaje en la estructuración del deseo. (...) Pero cuando incluimos a otras personas en un deseo propio, presuponiendo que nuestro deseo es también el suyo, corremos el riesgo de generar conflictos.

(...) A su vez, otra actitud de riesgo es la de formular el deseo de fuera hacia dentro. Es decir, provocarnos la sensación de que el deseo depende más de factores externos que de nosotros mismos.

Los deseos funcionan en red
Tenemos deseos en diferentes ámbitos de nuestra vida: deseos en el mundo laboral (me gustaría ser el jefe), deseos en el aspecto social (me gustaría relacionarme con gente más interesante), deseos acerca de nuestra propia personalidad (me gustaría ser más extrovertido)... También jerarquizamos dichos deseos: unos más importantes, otros no tanto. Al hacerlo, puede ser que decidamos conseguir nuestros deseos por fases... De este modo, conseguir nuestros deseos se convierte en algo lineal.

Pero el hecho es que, en nuestra vida, interactúan en red los diversos ámbitos que la componen. (...) Aunque parezca imperceptible, nuestra vida es dinámica y, cuando movemos una ficha, ese movimiento influye en el resto de fichas.

El deseo es una proyección de futuro
Es inevitable. Cuando tenemos un deseo y nos ponemos a trabajar para conseguirlo, tendemos  a proyectarnos en el futuro. De hecho, es necesario hacerlo porque así visualizamos el deseo como objetivo.

Pero hay que ir con cuidado porque, si nos proyectamos en exceso, alimentamos cada vez más un imaginario, un ideal. ¿Y por qué  esto es peligroso? Porque el diea puede convertirse en un sueño más que en un deseo. Lo  único que existe es el presente, pero podemos perderlo de vista en favor del ideal cada vez más hinchado de imaginación que de elementos realizables que lo fundamenten. A la larga, cuanto más alejado está el ideal de la realidad presente, más peligro hay de decepción final. Y esto es porque, posiblemente, aún consiguiendo el deseo, no conseguiremos el sueño.

Asimismo, vivir en el futuro incrementa sensaciones de impaciencia y ansiedad. Nos gustaría el deseo cumplido YA. Pero la consecución de un deseo necesita un tiempo. Y nosotros no decidimos cuánto es ese tiempo, sino que el deseo dice cuánto tiempo necesita para hacerse realidad. Lo dice desde el presente.

Teniendo en cuenta todo esto, ¿cómo debemos plantearnos nuestros deseos para conseguirlos y disfrutar con ellos en todo momento?

CÓMO PLANTEAR LOS DESEOS

Desde que formulamos el deseo hasta que lo conseguimos, pasamos por diversas fases mentales que pueden llevarnos a una decepción, e incluso a una desorientación vital. Pero si partimos de una estructuración sincera, sólida e integrada del deseo, tenemos más posibilidades de hacerlo realidad para que nos conlleve felicidad.

Convertir el deseo en objetivo
En el deseo influyen factores de nuestro subconsciente, factores que le pueden dar una apariencia irracional. Pero sólo con el uso de la racionalidad conseguiremos nuestro deseo. Por lo tanto, para realizar un deseo hay que traducirlo en forma de objetivo u objetivos.

El objetivo es un fin, o, según el diccionario, es un "término, un remate, una consumación de algo". Por lo tanto, en este sentido, traducir el deso en objetivo pasa por ponerle una serie de límites, una serie de elementos que puean servirnos para sentir esa consumación.

Por otro lado, el deseo implica un "movimiento dela voluntad hacia...". Pero definir el deseo como objetivo va más allá del movimento de la voluntad. Porque, volviendo al diccionario, el objetivo final es "aquel al que se dirigen la intención y los medios del que obra". La intención es parte de esa voluntad que define al deseo, pero con un rumbo concreto. Los medios son los recursos. Y tener en cuenta los recursos de los que disponemos, ya sean materiales, emocionales, psicológicos, etc., es básico para que el deseo se convierta en algo racional.

¿Todos los objetivos son iguales?
No. Hay diferencias sustanciales.
(...)  El proceso genera continuidad; la finalidad tiene en su raíz la palabra "final" y esto es muy significativo. Por lo tanto, es importante traducir el deseo en objetivo, definiendo, eligiendo, si ha de ser un proceso o una finalidad. En caso de que sea una finalidad, debemos ser concretos, identificarle unos límites.

Definiendo expectativas
Sea proceso o finalidad, una vez definido el deseo como objetivo debemos ajustar nuestras expectativas. Pero no hay que confundirlas con un imaginario, con un futuro ideal.
La expectativa puede entenderse como esperanza de conseguir o realizar algo. La esperanza está ligada a nuestras emociones y al subconsciente. Es decir, está ligada a la vertiente irracional del deseo. Al comprar un número de lotería, siempre existe la esperanza de que toque. A veces, la ilusión es tal que la esperanza es convencimiento y nos vemos a nosotros mismos viajando o haciendo todas las cosas imaginables con ese dinero. Sin más observaciones, disfrutamos de la ilusión, de la esperanza intacta. Cuando luego no nos toca, una pequeña sensación de pérdida se nos instala en el cuerpo... aunque quizá no la reconozcamos públicamnente porque, claro, ¿qué hecho racional nos había llevado a albergar tal esperanza, aparte de comprar el número? Como esperanza, la expectativa a largo plazo se puede entremezclar con el futuro ideal, alejándose de nuestra realidad presente.

Pero también se puede definir expectativa como posibilidad razonable de que algo suceda. Al comprar el número de lotería, sabemos que existe la posibilidad de que nos toque porque todos los números están en el bombo. Podemos tener la expectativa de ser los agraciados, pero es una posibilidad dentro de un contexto. La posibilidad está ligada a la realidad y a la razón; es decir, está ligada al deseo como objetivo. Y por eso debemos definir nuestras expectativas como posibilidades. Sólo así podremos modificarlas o reajustarlas en caso necesario, porque las creamos desde nuestra capacidad de observación del presente y desde nuestra consciencia.

Concibamos un deseo en red
Asimismo, ni el deseo ni las expectativas derivadas debieran considerarse aisladamente. Aunque inicialmente hayamos enmarcado el deseo en una esfera concreta (por ejemplo, la laboral), los cambios, como la vida, son en red.

El hecho de examinar las esferas de nuestra vida en las que pude influir nuestro deseo, nos mantiene ligados a nuestra realidad presente. Después de dicho examen, podremos evaluar si realmente se dan estas influencias, cómo se están dando, etc. Y, por lo tanto, podremos decidir mejor si queremos evitarlas, si queremos reconducirlas o si queremos recibirlas con los brazos abiertos.

Nosotros somos el motor de nuestros deseos
Conseguir un deseo requiere un compromiso con nosotros mismos. Y, ¿cómo nos demostramos ese compromiso? Con una actitud activa, siendo el motor de nuestros deseos.

Ahora bien, ser el motor no quiere decir que conseguir un deseo dependa exclusivamente de nosotros. Debemos analizar qué parte del deseo formulado depende directamente de nosotros mismos y qué parte depende del entorno (mercado, suerte, actitud de socios, etc...) Esto nos permite planificar.

La planificación no es algo cerrado o invariable. La planificación debe ser flexible, debe saber reajustarse en función de cómo se conjugan los diversos factores que juegan en la consecución del deseo.

Evaluación de lo conseguido
Igual que la vida es dinámica, nuestro deseo también lo es. Por ello hay que evaluar desde el inicio del camino para su realización, y no sólo después.
Para evaluar, debemos establecer unos indicadores que nos ayuden a medir cómo está yendo la consecución del deseo. Por un lado, estos indicadores han de ser externos: rentabilidad, reconocimiento social, relación con socios, inserción en mercado, etc.  Pero n podemos quedarnos sólo ahí. Debemos recordar que el deseo nace de nuestro yo interior y viene, casi por definición, acompañado de una expectativa general: la felicidad. Por este motivo, nuestras sensaciones internas también han de ser indicadores para evaluar, para medir la consecución de nuestro deseo, precisamente porque esas sensaciones internas son las que nos van a permitir disfrutar de los elementos externos, como el dinero que pueda ir surgiendo dela consecución de nuestro deseo.

Los deseos siempre pueden cambiar
Aún siguiendo todos estos pasos para estructurar nuestros deseos, siempre puede haber aspectos de presente y de la evaluación que nos puedan inducir a cambiar de deseo. Hagámoslo. El deseo es nuestro.

Otorguémonos el poder de reformular nuestro deseo tantas veces como necesitemos o queramos. Teniendo siempre en cuenta que reformular no es improvisar,  reformulemos sin miedo, sin recriminaciones, y sin sensación de fracaso por no haber conseguido la formulación inicial. Al fin y al cabo,. se trata de nuestros deseos, han de darnos felicidad, y la felicidad es una sensación individual.

(Extraido del libro "CUIDADO CON LOS DESEOS, SE PUEDEN CUMPLIR". Autor: José Martín Gris. Editorial: Integral)

viernes 25 de noviembre de 2011

miércoles 28 de septiembre de 2011

lunes 19 de septiembre de 2011

domingo 18 de septiembre de 2011

LA SOLIDARIDAD HUMANA:

(...) El principio de solidaridad, expresado también con el nombre de "amistad" o "caridad social", es una exigencia directa de la fraternidad humana y cristiana:
Un error capital, "hoy ampliamente extendido y perniciosamente propagado, consiste en el olvido de la caridad y de aquella necesidad que los hombres tienen unos de otros; tal caridad viene impuesta tanto por la comunidad de origen y la igualdad de la naturaleza racional en todos los hombres, cualquiera que sea el pueblo a que pertenezca, como por el sacrificio de redención ofrecido por Jesucristo en el altar de la cruz a su Padre del cielo, a favor de la humanidad pecadora."
(...) La solidaridad se manifiesta en primer lugar en la distribución de bienes y la remuneración del trabajo. Supone también el esfuerzo en favor de un orden social más justo en el que las tensiones puedan ser mejor resueltas, y donde los conflictos encuentren más fácilmente su salida negociada.
(..) Los problemas socio-económicos sólo pueden ser resueltos con la ayuda de todas las formas de solidaridad: solidaridad de los pobres entre sí, de los ricos y los pobres, de los trabajadores entre sí, de los empresarios y los empleados, solidaridad entre las naciones y entre los pueblos. La solidaridad internacional es una exigencia del orden moral. En buena medida, la paz del mundo depende de ella.
(...) La virtud de la solidaridad va más allá de los bienes materiales. Difundiendo los bienes espirituales de la fe, la Iglesia ha favorecido a la vez el desarrollo de los bienes temporales, al cual con frecuencia ha abierto vías nuevas. Así se han verificado a lo largo de los siglos las palabras del Señor: "Buscad primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura" (Mateo 6, 33):
"Desde hace dos mil años, vive y persevera en el alma de la Iglesia el sentido de responsabilidad colectiva a favor de todos, que ha impulsado e impulsa todavía a las almas hasta el heroísmo caritativo de los monjes agricultores, de los libertadores de esclavos, de los que atienden enfermos, de los mensajeros de fe, de civilización, de ciencia, a todas las generaciones y a todos los pueblos con el fin de crear condiciones sociales capaces de hacer posible a todos una vida digna del hombre y del cristiano."

sábado 17 de septiembre de 2011

EL RESPETO DE LA PERSONA HUMANA:

(...)La justicia social sólo puede ser conseguida sobre la base del respeto de la dignidad trascendente del hombre. La persona representa el fin último de la sociedad, que está ordenada al hombre:
"La defensa y promoción de la dignidad humana nos han sido confiadas por el Creador, y  (...) de ellas son rigurosas y responsablemente deudores los hombres y mujeres en cada coyuntura de la historia" (Juan Pablo II)
(...) El respeto de la persona humana implica el de los derechos que se derivan de su dignidad de criatura. Estos derechos son anteriores a la sociedad y se imponen a ella. Fundan la legitimidad moral de toda autoridad: menospreciándolos o negándose a reconocerlos en su legislación positiva, una sociedad mina su propia legitimidad moral. Sin este respecto, una autoridad sólo puede apoyarse en la fuerza o en la violencia para obtener la obediencia de sus súbditos. Corresponde a la Iglesia recordar estos derechos a los hombres de buena voluntad y distinguirlos de reivindicaciones abusivas o falsas.
(...)El respeto a la persona humana supone respetar este principio: "Que cada uno, sin ninguna excepción, debe considerar al prójimo como "otro yo", cuidando, en primer lugar, de su vida y de los medios necesarios para vivirla dignamente". Ninguna legislación podría por sí misma hacer desaparecer los temores, los prejuicios, las actitudes de soberbia y de egoísmo que obstaculizan el establecimiento de sociedades verdaderamente fraternas. Estos comportamientos sólo cesan con la caridad que ve en cada hombre un "prójimo", un hermano (...) El deber de hacerse prójimo de los demás y de servirlos activamente se hace más acuciante todavía cuando éstos están más necesitados en cualquier sector de la vida humana. "Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis" (S. Mateo 25, 40)
(...) Este mismo deber se extiende a los que piensan y actúan diversamente de nosotros. La enseñanza de Cristo exige incluso el perdón de las ofensas. Extiende el mandamiento del amor que es el de la nueva ley a todos los enemigos. La liberación en el espíritu del Evangelio es incompatible con el odio al enemigo en cuanto persona, pero no con el odio al mal que hace en cuanto enemigo.